La ciudad (des)cubierta
Esta crónica forma parte de una serie de impresiones recogidas durante numerosos paseos por la capital argentina. Todas ellas están disponibles en tres idiomas (EN,ES,FR) y forman parte del proyecto MIBA desarrollado en Senses Atlas.
A pesar de lo que podría sugerir la omnipresencia de los autos en las calles, Buenos Aires es una ciudad totalmente transitable en transporte público y a pie. Sus amplias aceras, sus calles despejadas y la alternancia entre zonas muy residenciales y comerciales la convierten en una ciudad totalmente adaptada para dar largos paseos.
Buenos Aires es una ciudad que se vive al ritmo de las estaciones. En verano, es mejor optar por los parques y las calles, donde las copas de los árboles protegen del calor. En invierno, el frío y la menor luminosidad pueden limitar las salidas frecuentes. En otoño, las hojas anaranjadas de los árboles cubren el pavimento. Y llega la primavera, que ve cómo la ciudad despierta lentamente. Cada estación es un escenario diferente, e incluso los árboles de hoja perenne, que mantienen su color verde en invierno, adoptan el amarillo o el violeta en primavera.
Por sus colores, sus luces y su temperatura, la primavera es la estación en la que cada paseo por la ciudad se convierte en una experiencia grandiosa. Es el respiro tras el invierno y el alivio antes del calor del verano. También florecen las tipas y las jacarandas, árboles emblemáticos de la ciudad.
La ciudad deja que la vegetación invada las casas, los edificios y las calles, por lo que la primavera y el verano se convierten en sinónimo de juego del escondite. Ocultos por el follaje, los edificios no siempre se dejan ver, y los balcones apenas se distinguen a través de las fracturas de timidez. Las plantas trepadoras recuperan su follaje y cubren las fachadas, y las casas se esconden detrás de las plantas de los jardines y balcones. Se escenifica un sublime diálogo orgánico, en constante evolución entre lo construido y lo vivo, que contribuye a la riqueza y singularidad de Buenos Aires.
Y, sin embargo, hay que reconocer que cada año me apresuro antes de que termine el invierno para disfrutar por última vez de algunos rincones de la ciudad. Aunque es la estación que menos me gusta, si se quiere disfrutar de la arquitectura de la ciudad y de los cientos de edificios que permanecen ocultos el resto del año, es en esta época cuando hay que hacerlo. Se establece irremediablemente una paradoja entre el habitante y el hábitat. La arquitectura de la ciudad se descubre en invierno, cuando nos abrigamos, y luego nos descubrimos en verano, cuando sus edificios están ya totalmente cubiertos.
En cierto modo, los edificios que pueblan la ciudad también están en constante evolución y hay que alimentar esta percepción. A pesar de la artificialización que representa el medio urbano, la solución es abrirlo y reintroducir en él la vida, preservarla y fomentarla. Cada estación tiene su propio ritmo, y este influye en nuestra vida en la ciudad, aunque nuestra vida individual y colectiva, dictada por el sistema urbano y sus excesos, parezca querer liberarse desesperadamente de ello.